¿Es posible que una persona, con solo estudios primarios, fuera capaz de crear los diálogos, emociones y pasiones que destilaron los personajes de obras cumbres como Hamlet, Enrique V, Mucho ruido y pocas nueces o Ricardo III?
¿Pudo ser que un aristócrata fuera en realidad el firmante de tales obras, pero que debido a su situación personal —tanto con su familia como con la reina Isabel I— se viera obligado a ceder la autoría a un borrachín analfabeto llamado… William Shakespeare, quien se llevó a la tumba su secreto?
¿Y es el director alemán Roland Emmerich, firmante de superproducciones como Independence Day, Stargate, The Day After Tomorrow, Godzilla o 2012, capaz de contar un drama histórico centrándose más en los actores y el argumento que no en los efectos visuales y el gran espectáculo?
Las respuestas a las tres primeras preguntas, están en el aire. Según la mayoría de historiadores, Shakespeare sí fue el autor de Romeo y Julieta o Macbeth.
Pero los hay que lo dudan: el escritor Mark Twain, el filósofo Sigmund Freud, los actores John Gielgud o Derek Jacobi…
Precisamente es este último quien aparece primero en Anonymous, narrando desde el escenario de un teatro de Broadway lo que nos conduce de inmediato a la Inglaterra del siglo XVI.
Allí, el conde de Oxford (Rhys Ifans) mantiene varios secretos: el hijo bastardo que tuvo con la reina Isabel (Vanessa Redgrave), el conde de Southampton (Xavier Samuel), y, especialmente, su relación con el respetado y ético escritor Ben Jonson (Sebastian Armesto) y con el mediocre y beodo actor William Shakespeare (Rafe Spall), a quien confía sus obras teatrales con el fin de que sean estrenadas en el legendario Globe Theatre de Londres, donde se convierte en éxitos instantáneos y hacen de este un héroe popular.
En medio de todo ello, conspiraciones monárquicas, relaciones fracasadas, aspiraciones silenciadas y traiciones melodramáticas… que extienden el metraje mucho más allá de lo necesario.
Porque Anonymous trata pero no puede: trata de ser una historia desgarradora acerca de un hombre, el conde de Oxford, obligado por las circunstancias a permanecer en la oscuridad (esta es la parte del filme que sí funciona, y muy bien); pero no puede evitar el histrionismo visual de un cineasta que, a pesar de la energía que impregna a la acción y de un entusiasmo escénico brillante, se envuelve en más subargumentos de los necesarios, complicando el guión innecesariamente.
Eso sí, los actores, sin excepción alguna, están sensacionales (atención a las miradas de tristeza de Rhys Ifans al ver el éxito de su labor cedida a manos de Shakespeare, o a la majestuosa presencia de Vanessa Redgrave), y la música, el diseño de producción y el de vestuario son exquisitos.
Por ello, Anonymous, clasificada PG-13, deja la puerta abierta para que Roland Emmerich confirme en un futuro cercano que, más allá de Universal Soldier o 10,000 B.C., en él hay un cineasta con mucho más que decir en dramas que no en superproducciones de Hollywood.
impre
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